Muchas veces saco una idea a raíz de un frase que ponga alguno de mis contactos de las redes sociales. Una de esas personas la verdad es que es admirable, como hace debatir y razonar a la gente con pequeños (otras veces no tanto) comentarios. Visito su perfil frecuentemente y aunque no siempre ponga comentario, cada vez hace girar un poco los engranajes de mi cabeza.
Expone lo que expone, y aunque a veces parezcan cosas al azar, siempre hay un transfondo en sus palabras, para quien lo quiera ver. Luego cada uno es de libre pensamiento e interpretación, y de ahí miles de desarrollos posibles con diferencias abismales entre ellos. Me gusta que cuando me conecto a internet, mi pantalla no quede invadida sólo por cosas insustanciales. Están bien para desconectar un poco, pero creo que con la cantidad de medios, con la de ideas que podemos compartir, con todo lo que podemos aprender a través de esta ventana… está desaprovechada.
Centrándome; hoy me ha impactado realmente una frase que ha puesto, que reza así:
“A veces llamamos a la puerta de alguien, y no contesta, y volvemos a llamar, y volvemos a llamar, y volvemos a llamar… Y parece que a veces se nos olvide que existe algo llamado DIGNIDAD. No se me volverá a olvidar.”
Imagino que mi interpretación de esta frase es sensiblemente diferente a la suya. Supongo que la vuestra dista de la mía y dudo entre desarrollar mi idea o simplemente compartirla y que cada uno mueva sus engranajes…
Me decido por mitad y mitad. Aunque quisiera no podria hacer sólo mi parte y completarla, pues los pensamientos son infinitos e imposibles de plasmar a calco.
Yo creo que todos hemos sido el que llama y aunque no nos demos cuenta, también quién está detras de la puerta…
Cuando eres tú el que llamas estás fuera, no ves, no oyes, no sabes si realmente hay alguien o no o si no contesta porque está ocupado o simplemente escucha pasivamente. Pasas frío o calor, esperando, en un hilo de duda.
Detrás de la puerta se está mejor, aunque no necesariamente bien. Hay mil razones por las que no se contesta a la puerta, siempre justificadas pero no siempre justas. La gran mayoría de las ocasiones, quién llama se merece ser escuchado, ya aunque sea por el esfuerzo de ir hasta allí y tener el coraje de llamar, que a veces, ha de ser grande.
Un hombre tiene que tener siempre el nivel de la dignidad por encima del nivel del miedo
» Eduardo Chillida
Toc, toc… ¿Se puede?