Hace unos momentos, nos disponíamos a ir a cenar en plan barato, ya que la economía no da para mucho más (y suerte que tenemos). El cajero de fuera no funcionaba y hemos entrado. Había un hombre, que no tenía mal aspecto, sólo aquella cara de quién lo ha perdido todo en vez de ser él quién tira su vida a la basura y que su único consuelo era poder encontrar dónde refugiarse ahora que comienza el frío. Nos ha dado las gracias por entrar, ya que él no piensa hacer daño a nadie. A lo cual yo me he sentido culpable porque si hemos entrado, era porque no ha quedado otra.
El hombre nos ha dicho que ya empezaba a refrescar, pero que aún no había llegado el invierno, que sería lo peor. Que él sólo quería poder resguardarse sin molestar a nadie y sin que le tuvieran miedo.
Nos hemos ido sin parar de darle vueltas al asunto, a lo cual, hemos decidido llevarle algo de comida caliente. No le arreglaríamos la vida, pero aparte de que tuviera algo que llevarse al gaznate, se sintiera apoyado, y en absoluto temido.
Cuando hemos regresado, otro había ocupado su lugar en el cajero porque es “su casa”, y aunque hemos dado una vuelta por todos los cajeros y posibles cortavientos de la zona no le hemos encontrado. Otras personas con esto darían de sobra alimento a sus conciencias. Personalmente, nosotros nos hemos quedado bastante apenados.